Don
Albert miró el pequeño reloj de cuco que colgaba al otro lado del
chiscón, levantándose las gafas hasta la amplia calva.
Durante unos segundos le costó enfocar la mirada, por la tenue luz que
iluminaba la parte alta de la pared y por llevar varias horas
trabajando tras las gruesas lentes de cerca. Alrededor de él,
acuclillado sobre un taburete de poco más de un palmo de altura, se
extendía una marea de zapatos y botas de todo tipo y tamaño, en un
ineescrutable orden que sólo él conocía. Las manillas señalaban las
ocho menos diez.
La
campanilla sonó al abrirse la puerta. Tras el bajo mostrador de
madera oscurecida por las sucesivas capas de barniz apareció su
primogénito Albert, como él, quitándose el grueso gorro de lana.
“Ya
he entregado el último”, dijo mientras trataba de calentarse
las manos, juntas, con el aliento.
"Ve
recogiendo, anda”, le contestó sin levantar la vista,
mientras terminaba de pulir con la gamuza un par de borceguíes
recién hechos.
El
joven con diligencia cerró las contraventanas del pequeño
escaparate que ocupaba la única fachada y comenzó a barrer los
restos de cuero, clavos y trapos manchados de betún que se
acumulaban en el serrín que cubría la desgastada tarima.
El
pequeño espacio era un festín de olores y fragancias.
La luz baja,
concentrada en el suelo, sacaba matices diversos a la madera que
cubría el zócalo y el mostrador con los estantes donde se
acumulaban los zapatos reparados para entregar a los clientes.
Al poco D. Albert se levantó quejumbrosamente de su escabel y se colocó la
zamarra de grueso paño mientras recogía el paquete recién envuelto
en papel de estraza y atado con un cordón viejo y salió mientras su hijo apagaba la luz y
cerraba la puerta.
Un
penetrante chirrido acompañó la bajada del cierre metálico. “A
ver si mañana le echamos un poco de grasa a los carriles”,
pensó. Echado el candado, padre e hijo se dirigieron andando
pausadamente y en silencio calle abajo hasta cruzar el río. Luego
una suave pendiente flanqueada por álamos les condujo hasta un arco
que daba entrada a la plaza porticada. La atravesaron por el centro,
siguiendo el eje mayor, mientras observaban de refilón los
escaparates ya adornados con luces y estrellas.
Al
otro lado, a la derecha, una calleja estrecha y serpenteante que salía
hacia el este, desembocaba un centenar de metros después en un
escondido patio irregular en fondo de saco. Al acercarse oyeron el
golpeteo de un viejo balón de cuero deshinchado rebotando contra los
muros de piedra. El sonido del puntapié y posterior choque con las
paredes, era rítmico y constante.
Antes
de que se les pudiera ver desde el pequeño patio, el rebote del balón
se detuvo y tras un breve silencio, el sonido de unos pies menudos corriendo a
pasos cortos y rápidos repiqueteó sobre los adoquines.
Juan,
el pequeño de los varones, nacido el año siguiente a que dejaran su
tierra, apareció por la esquina con el balón bajo el brazo y
el cuerpo inclinado para mejorar la velocidad del giro, con su
flequillo revuelto, sus pantalones cortos y las mejillas encendidas
por el ejercicio.
Corrió
hacia los dos hombres y se detuvo, respetuosamente unos metros antes,
clavando sus ojos marrones en su padre a la espera del permiso para
saludar.
Sin
levantar la mirada del pavimento D. Albert dijo secamente: “Hola
Juan. Vamos a cenar”.
El
niño se colocó al lado de su padre y siguió su andar cansino. El
padre con un suave gesto colocó su mano sobre la cabeza del niño y
acarició lentamente sus cabellos, en movimientos circulares.
Juan
no pudo evitar mirar de reojo el grueso paquete que el viejo llevaba
bajo el brazo. Después, como los dos adultos, fijó la mirada en el
suelo y los tres caminaron hacia la puerta de la casa.
Dentro
el calor de hogar se unía al de la cocina de hierro que ocupaba un
lateral, para caldear aquella noche de diciembre. El aroma del caldo de
verduras invadía la estancia donde la familia hacía la vida
alrededor de una mesa redonda bajo una lámpara de telasuspendida del techo. Un par de sillones con una pequeña mesa en la que había
una lámpara de latón en el rincón de la chimenea, junto a la
escalera que subía a los dos dormitorios, completaban el escueto
mobiliario. No había espacio, ni necesidad, para más.
La
pequeña Clara, dos años menor que Juan, y que a duras penas
superaba la altura de la mesa, estaba colocando los platos, vestida
con un mandil de cuadros parecido al de su madre, quien se afanaba en el
fogón con una gruesa cuchara de madera en la mano a modo de
batuta.
Rápidamente
terminaron de disponerlo todo para la cena, mientras el Padre y el
hijo mayor se lavaban las manos llenas de betún y se refrescaban la
cara en una pila junto a la puerta trasera de la cocina.
Una
vez sentados todos a la mesa alrededor de la humeante sopera, Don
Albert como todas las noches dio gracias por la comida y la felicidad
de tener a toda la familia reunida tras una larga jornada, en una
ceremonia que no por repetida dejaba de ser plenamente sentida por
cada uno de los miembros.
Después
en un ritual perfectamente sincronizado fueron pasando los platos
hasta la madre, que tras llenarlos de sopa los devolvía en el mismo
movimiento circular para que quedaran repartidos en la mesa. Cuando comenzaron
a comer, en silencio, Juan no podía dejar de mirar aquel paquete que
su padre había dejado sobre la mesita junto a los sillones. Pero ni
dijo nada, ni se le ocurriría hacerlo.
La
cena transcurrió pausadamente y en casi total silencio, salvo
algunas breves preguntas de la madre sobre los acontecimientos del
día que fueron respondidas por Albert hijo, completando los
monosílabos de su padre.
Cuando
llegó la hora del postre, Doña Inés bajó la pesada puerta del
horno y sacó un esponjoso bizcocho sobre el que vertió una gruesa
capa de chocolate aún caliente, con el cazo.
Luego sacó unas velas
del pequeño cajón de la alacena y adornó la tarta. Las encendió
con un ascua del fogón y la llevó a la mesa colcándola en el centro con una
enorme sonrisa. Juan pensó que la cara de su madre resplandecía más
que la de la figura de la Virgen del altar de su colegio.
Por un
momento todos miraron a Juan y los ojos les brillaban llenos de
cariño. La pequeña Clara corrió al lado de su hermano. Con la tarta delante del niño, éste se subió de rodillas a la silla para
contemplarla en toda su magnitud y poder acercarse más a ella. La miró con
emoción un segundo. Después, miró a su padre.
“Feliz
cumpleaños, hijo. Puedes pedir un deseo y soplar las velas”,
dijo escuetamente. En su ronca voz había una pincelada de calidez
que Juan rara vez escuchaba.
Juan
miró al paquete de reojo y después cerro muy fuerte los ojos y juntó las
manos. Con los ojos cerrados y una única cosa en la mente, respiró hondo. De inmediato los abrió, se echó hacia delante y apagó las 8
velas de un solo soplido. Los aplausos de Clara adornaron el momento.
Después su madre cortó la tarta y la repartió en el mismo orden
que el resto de la comida, siguiendo la posición en la mesa: primero
el padre, luego Albert hijo, después Juan y Clara y finalmente ella.
Todos
degustaron la tarta con una sonrisa. Menos Juan que dio cuenta de
ella como si pudiera desaparecer si perdía un sólo segundo. Una vez
terminada se limpió los restos de chocolate de la comisura de los
labios y cruzó los brazos sobre la mesa poniendo erguida la espalda,
como tantas veces hacía cuando las monjas exigían orden y silencio.
La mirada clavada en su padre.
Este
saboreaba el bizcocho lentamente con la mirada fija en el plato. Tras
apenas un segundo, que a Juan le parecieron horas, pero dispuesto a aguantar lo que hiciera falta, el padre le miró por
encima de los gruesos cristales. Apenas una décimas y volvió a
bajar la mirada al plato. Y pausadamente dijo: “Anda, Albert
dale el paquete”.
El
hermano mayor se levantó y cogió el paquete que estaba detrás él.
Con una gran sonrisa, como si conociera un secreto que por fin iba a
compartir con su hermano menor, se lo acercó. Juan sólo tenía ojos
para el paquete cuando este llegó a sus manos, pero aún así se
detuvo un segundo y miró con todo el amor que podía primero a su
padre, que le devolvió un guiño imperceptible y después a su hermano y a su
madre. Clara se abalanzaba sobre él. Respiró profundamente y desató
el nudo y retiró el papel.
Sus
ojos brillaron como nunca y su respiración se aceleró hasta lo
indecible. En sus manos tenía el par de botas de fútbol más
brillantes y más bonitas que jamás podría haber imaginado. El
cuero negro estaba pulido e impecable y los refuerzos cosidos y
teñidos de blanco alrededor de los ojales, en las cuatro franjas de
los laterales y en la parte alta del talón le daban un toque de
distinción y elegancia. Parecían los guantes de un mago... del
balón. Pasó los menudos dedos recorriendo cada milímetro de su
superficie. Después les dio la vuelta y acarició los pequeños
tacos de goma de la suela. Era como si toda la vida hubieran estado
unidos al cuerpo de la bota. Apenas se podían distinguir las
costuras engrasadas metidas en las pequeñas acanaladuras de la
suela. Les dio varias veces la vuelta y las observó desde todos los
ángulos apreciando cada detalle, antes de pedir permiso para
ponérselas.
“Pues
claro, cariño, son tuyas”, le dijo su madre, confirmándole
algo que todavía no podía creer.
Cuando
se las calzó notó como el pie entraba suavemente y quedaba acomodado en el interior acolchado. Cuando tensó
los cordones la piel se ciñó perfectamente a la forma
del pie. Tras pasar los largos cordones blancos alrededor de la bota
un par de veces los ató con doble lazada bien sujetos. Entonces se
puso de pie.
Por un
momento necesitó acomodar el peso en toda la planta para poder
estabilizarse sobre los pequeños tacos. A continuación dio unos
pasos. Las botas eran ligeras y flexibles. Y agarraban el pie con
firmeza. Lanzó una mirada llena de alegría e ilusión a sus padres.
“Anda,
ve al descampado a probarlas...”, le dijo su madre, y cogiendo
el balón salió como una exhalación. Su hermano apenas pudo ponerse
el chaquetón para seguirlo.
“Albert,
sólo media hora, que se tiene que acostar pronto para el partido de
mañana”, le dijo Doña Inés.
“Tranquila,
mamá...”.
En el
descampado que había al otro lado de la tapia del jardín trasero, Juan comprobó que los tacos se agarraban a la tierra
suelta y algo dura como nunca había notado unas suelas. Giraba y no
se resbalaba. Frenaba y tenía pleno apoyo para salir como una
flecha de nuevo.
Y al
golpear el balón, la puntera reforzada y el empeine con la curva suave y
uniforme, acariciaban el balón con el tacto perfecto de cada costura
de la pelota. Podía chutar tan fuerte como quisiera. El cuero
amortiguaba la dureza del balón recién hinchado por su
hermano.
Así
estuvo un buen rato que a él le parecieron siglos hasta que Albert
le avisó para que pararan y volvieran. No había nada que le gustara
más que jugar con su hermano mayor. las contadas veces que éste
podía. Bueno, salvo jugar partidos con un equipo importante como iba
suceder la día siguiente, claro.
Iba a
jugar en los benjamines del equipo de la ciudad. Aún le faltaba un
año para tener la edad, pero el Padre Servando, quien le dirigía en
el equipo de su colegio, había avisado a un amigo suyo que estaba en
el cuerpo técnico del equipo profesional, un polaco muy raro al que
no se le entendía nada y escupía en el suelo constantemente, para que
le viera en alguno de los partidos de la Liga de Colegios y este le
había dicho que Juan tenía que “probar” en el Equipo.
Que su
cumpleaños fuera justo el día de antes de la prueba había sido una
gran suerte. Con esas botas ya nadie le alcanzaría. Sería un rayo
corriendo con el balón por el campo. Podría poner el balón donde
él quisiera y nadie podría aguantar sus regates.
Cuando
volvían andando, por un momento, por primera vez, pensó que quizás
no estaría a la altura de aquellos chicos mayores que él.
“Tú
tranquilo, Juan, juegas mejor que ningún niño que haya visto y
sabes perfectamente lo que tienes que hacer”, le tranquilizó
su hermano.
Y al
fin y al cabo Albert sabía mucho de fútbol. Bueno, sabía casi todo
lo que se puede saber.
Antes
de mudarse a donde ahora vivían, hacía catorce años Albert había
sido seleccionado, en un partido parecido, para jugar con el FCB, un
equipo muy importante de la Ciudad de los Condes. Jugó allí durante seis años, eso había oído Juan en las contadas ocasiones
en que se hablaba de aquella época en casa, llegando a los
juveniles. Todos decían que era un magnífico jugador y que algún
día sería profesional.
Después
cerraron la fábrica de calzado donde trabaja su padre por culpa de
algo relacionado con las fronteras o con el gobierno de aquella
región, él nunca había entendido eso, y la familia tuvo que
mudarse fuera para encontrar trabajo. Don Albert puso la zapatería,
que era lo que había hecho toda su vida y su madre empezó a
trabajar en la fabrica de mantas. Su hermano tuvo que empezar a
trabajar, mientras estudiaba por las noches. Como cartero por las
mañanas, en el mercado llevando recados por las tardes y en el horno
de pan en las madrugadas de los fines de semana, además de ayudar
a su padre. Con ese horario no quedaba tiempo para jugar al fútbol,
aunque este nunca desaparecería de su vida. Le gustaba leer sobre
fútbol, veía todos los partidos que podía en los campos cercanos,
da igual de qué categoría o edad, en la televisión, donde fuera y
algún día, sí, quizás algún día, seria entrenador.
Cuando
acabó los estudios ingresó en la oficina de patentes y después de
la jornada seguía ayudando en la zapatería. Ahora con casi 25 años,
el fútbol era un bonito recuerdo y sobre todo la ilusión de ver a
su hermano menor convertirse en mejor jugador de lo que él jamás
habría podido llegar a ser.
Mientas
regresaban a casa, Albert le cogió cariñosamente por el hombro y le
acercó a él, mientras le revolvía el pelo como su padre, en una broma habitual
entre los hermanos. Y Juan en ese momento sintió que efectivamente
sabía lo que tenía que hacer al día siguiente y que todo saldría
bien.
También supo que su vida sería el fútbol y que le devolvería a su hermano todo el esfuerzo que él había dado a la familía, para permitirle a Juan vivir su sueño.
Al día
siguiente Juan entró brillantemente en los benjamines de Falkis y siete años después pasó a los juveniles de DaniFalkis, donde jugó tres temporadas y consiguió 6 goles, alcanzando una máxima puntuación
de seis estrellas y media.
Ascendió
al primer equipo en la T30, última temporada del italiano Darío Mazzola. La
siguiente temporada vivió, ya con el Míster Gierada, el primer
descenso a VIII, por lo que a lo largo de su carrera ha jugado en
todas las categorías por las que pasó el Equipo, hasta la histórica y mítica V.
Ha
jugado casi 300 partidos con el equipo y con los años se ha
convertido seguramente en el auténtico mito del Club: un jugador
que desarrolló toda su carrera en Falkis y que consiguió los más
grandes éxitos y reconocimientos. Una leyenda.
Hoy en
día es considerado uno de los más grandes jugadores y como anécdota
mencionar que su cromo de la temporada 31, en la que el Equipo
consiguió el ascenso a VI en un partido en el que Juan Gilbert llegó a las
increíbles 9 estrellas convirtiéndose en el centrocampista con
mayor puntuación hasta aquel momento, ha obtenido cifras
estratosféricas en las subastas de memorabilia.
Fue el
más joven en incorporarse a los Tres Mosqueteros, línea meduar que marcó el antes y el después en el devenir de falkis, aunque dada
su habitual precocidad fue ascendido el segundo tras Fortuny.
Su
elegancia, tranquilidad y su honradez en el campo le valieron el
sobrenombre de El Kaiser.
En la T39 se convirtió en el mejor
jugador de la historia del Club.
Desde
la T30, ha sido el jugador en activo más veterano de la plantilla.
Aunque
la llegada de los jóvenes valores de la llamada APP, media diseñada desde
la cantera, le relegó a una situación más apartada de la
titularidad, siguió ayudando al Equipo cuando así se le necesitó y disputó su último partido,
un amistoso, en la T53.
A lo
largo de su carrera destacó su carácter carismático que suponía un referente en el vestuario, donde su experiencia y su
visión del juego siempre fueron muy tenidos en cuenta.
Siendo
su mayor habilidad el juego del balón y siendo un jugador
especialmente rápido, también consiguió sus logros como golpeador,
anotando a lo largo de su carrera 2 hattricks.
Se proclamó Pichichi del Equipo en
la T41 con 4 goles.
Se
retira con 45 años como el 6º mayor goleador en activo y 9º
histórico, con 49 goles en partidos de liga, otros 12 en Copa y 20 en
amistosos, para un total de 81 goles. Fue máximo goleador histórico en Copa y también en Amistosos adelantando a su amigo y compañero Fortuny .
Tras
37 años en las diferentes categorías de Falkis, su declaración en
su perfil del equipo adquiere sin duda toda la relevancia: “Todo
se lo debo a mis entrenadores de Falkis”.
Juan
Gilbert tendrá un lugar destacado en el equipo técnico del Club y en el Salón de la Fama de Falkis,
como lo tiene por méritos propios en la historia y en el corazón de todos los aficionados y seguidores del Equipo de toda su vida.